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Jorge Martillo Monserrate (1957 - )

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Introducción a Confesionarium

Biografía

Mejor que cualquier introducción que podríamos hacer aquí, citamos en su totalidad el ensayo que Carlos Calderón Chico escribió para introducir el último libro de Martillo, La bohemia en Guayaquil & otras historias crónicas. Calderón Chico, a su vez, es uno de los mejores críticos de la literatura ecuatoriana actual.

Comuníquese con Jorge Martillo en la dirección electrónica: ghammer@telconet.net".

"Martillo y la búsqueda de lo cotidiano"

Explorar el mundo literario y periodístico del escritor guayaquileño Jorge Martillo Monserrate (Guayaquil, 1957) significa adentrarse en un mundo de vibraciones sociales caracterizado por el apresuramiento, la "guachafería", el desparpajo, la "vaciladera", la bohemia y toda una red de espacios simbólicos que configuran el micro y macrocosmos de una ciudad (Guayaquil) que a lo largo de su historia busca afanosamente una identidad —por demás difícil de precisar— que la ubique en un sitial de respeto y desarrollo socio-cultural entre las principales ciudades del continente.

Martillo pertenece a una generación de escritores que nacidos en la década del 50, asumieron con presencia y esencia un escenario que los reconoció como parte de un movimiento intelectual que venía a oxigenar con talento un país deseoso de ver nuevos rostros y actitudes. Junto a Martillo están: Gilda Holst, Guayaquil, 1952; Liliana Miraglia, Guayaquil, 1952; Fernando Naranjo Espinosa, Guayaquil, 1954; Eduardo Morán Núñez, Guayaquil, 1957; Maritza Cino, Guayaquil, 1957; Carmen Vásconez, Guayaquil, 1958; Aminta Buenaño, Santa Lucía, 1958; Fernando Balseca, Guayaquil, 1959; Raúl Vallejo, Manta, 1959; Fernando ltúrburu, Guayaquil, 1959; Mario Campaña, Milagro, 1959; Edgar Alan García, Esmeraldas, 1959; Marcelo Báez, Guayaquil, 1969; Leonardo Valencia, Guayaquil, 1969 y Yanna Hadatty, Guayaquil, 1969. Si he citado a muchos de los contemporáneos de Martillo es porque quiero señalar a esta generación (años más, años menos), como el referente de una actitud crítica que supo mirar el mundo con nuevas lecturas y con otros referentes de espacio y tiempo.

Volviendo a Martillo, podemos ver en él dos momentos —hasta ahora— de su proceso literario: la poesía y la crónica periodística, que fusionadas lo han llevado a obtener los mayores reconocimientos que un escritor joven pueda haber recibido desde los inicios de su carrera literaria, principalmente en el mundo de la poesía.1 En la crónica, tal vez sea Martillo el más leído en el Ecuador, primero desde las páginas de la revista dominical Semana, de diario Expreso (1975-1978), después en la revista Diners (1980-1985) y posteriormente en diario El Universo, de 1985 a nuestros días, y que es donde finalmente parece haber sentado sus raíces.

En nuestro país existe una rica tradición de cronistas y tradicionalistas que han rescatado la vida cotidiana de las distintas ciudades ecuatorianas. Citarlos (s)ería demasiado largo, sus libros existen, para solaz esparcimiento de los degustadores de este tipo de lecturas. Guayaquil también cuenta con una respetable tradición de cronistas o memorialistas que con sus libros mantienen vivo un "pretérito presente" que se niega a desaparecer, en los textos de un Francisco Campos Coello, José Antonio Campos, Carlos Alberto Flores, Carlos Saona, Gabriel Pino Roca, Modesto Chávez Franco, Rodolfo Pérez Pimentel, Jenny Estrada, Hugo Delgado Cepeda, José Antonio Gómez Iturralde, Jaime Diaz Marmolejo y el más joven de todos, Jorge Martillo Monserrate. Ellos litigaron con el pasado desde la amenidad, con el documento serio y riguroso al que le supieron encontrar la chispa, la gracia, para que el lector disfrute de un pasado sin rastros de pesadez, sino todo lo contrario, de frescura y humor.

En los ilustres autores, arriba citados, se encuentran los antecedentes de Martillo, cuyas deudas él reconoce. En su primer libro de crónicas Viajando por pueblos costeños (Guayaquil, 1991) encontramos a un fino y lúcido observador de una vasta geografía, la Costa, donde con mirada de entomólogo curioso, va haciendo una descripción de sucesos, personajes lugareños, gestos, movimientos y todo tipo de experiencias con los que logra certeros retratos de una realidad que muchos no captan, tal vez porque no tienen la percepción para apropiarse de lo "real maravilloso" que es la vida, tal vez por sus ritmos apresurados. Pero que él lo logra con sensibilidad, lecturas y deseos de trascender.

El primer libro de crónicas de este escritor guayaquileño causó admiración en un medio poco acostumbrado a estos trabajos, aunque Pablo Cuvi, escritor quiteño (1949), también lo venía haciendo años antes que Martillo, con el mismo encanto y sensibilidad como se observa en sus dos libros de crónicas: En los ojos de mi gente (Relatos y fotografías de viajes por el Ecuador), Quito, 1988 y en Viajes por la Costa, Quito, 1996. Estos dos libros expresan por sí solos el profesionalismo y la prosa poética de Cuvi, condiciones indispensables si se quiere llegar al gran público y ser leído por este.

Volviendo a Martillo, su primer libro de crónicas discurre por toda la geografía costeña donde el encanto de las descripciones hacen que cada cuadro humano logre transmitirnos una multitud de sucesos que se graban en nuestra retina por su colorido, fina prosa y por estar cada uno de estos relatos reflejando la cotidianidad de una geografía ignorada por el "culto público" y que justamente por tratarse de "pequeñas realidades" (la frase es de Pablo Palacio), resulta más atractiva para el cronista. Tanto es así que el profesor norteamericano Michael Handelsman, certeramente encuentra en los textos de Martillo un ahondamiento en las raíces del pueblo esmeraldeño cuando este describe el tiempo y el espacio de una realidad signada por el terror histórico que significó la esclavitud, Y más todavía, cuando algunas de estas crónicas se instalan en la recuperación de una identidad afroecuatoriana, que muchos no perciben por la lectura superficial de sus crónicas.2 Martillo es un explorador de realidades que juntándose constituyen una colosal geografía, que desnuda con su encandelillante y vivaz prosa poética, donde el "Yo protagónico", al que hace referencia Fernando ltúrburu, juega un papel fundamental. Por lo tanto, el testimonio se vuelve historia y es entonces cuando la verosimilitud de lo contado —descrito— adquiere connotaciones de grandeza visual. Alicia Ortega, profesora de la Universidad Andina, señala con razón que "Los lugares en los que se detiene el cronista a lo largo de su itinerario deviene en lugares notables, hitos y monumentos de esa memoria otra que registra el cronista en sus relatos".3

En este nuevo libro de crónicas, el poeta Martillo Monserrate se centra en una geografía concreta: el Guayaquil de sus amores y también de sus dolores. La bohemia en Guayaquil & otras historias crónicas (publicadas entre 1987 y 1989) sustancia su rigurosidad en diferentes ámbitos de la ciudad de Guayaquil, en la que no deja lugar sin explorar. Así vemos que en los ocho capítulos de este libro el autor desafía una realidad que a simple vista pareciera estar diciéndonos todo cuanto ella tiene de transgresora y nostálgica. Cuarenta y un crónicas donde desfilan los momentos y personajes más insólitos que el "otro Guayaquil", el de las "buenas conciencias", se niega a reconocer y mucho menos a transitar por ese "infierno tan temido": suburbios, cachinerías, bares y todos esos espacios citadinos a los que Martillo recorre morosamente para luego describirlos con una rabia que se traduce en sus delicadas crónicas, todas ellas bañadas de poesía. Razón no le falta al poeta y crítico Fernando ltúrburu cuando señala que "Cervezas, amor, literatura, sol, viajes... Son las palabras que a mi modo de ver condensan gran parte de lo que Jorge Martillo, el escritor más leído del Ecuador, propone en sus crónicas".4

Así, someramente, Martillo se centra en un tiempo cronológico que es todo el siglo XVIII, XIX y XX, donde fija su atención en esa "mirada otra" con que muchos extranjeros recorrieron la ciudad y luego la describieron con admiración, en unos casos, amargamente y con rabia, como fue el caso de la viajera austriaca Ida Pfeiffer, 5 en otros. El Guayaquil que Jorge recupera es una ciudad que se ha ido perdiendo en la memoria de las nuevas generaciones. ¿Sabrán nuestros jóvenes y también muchos viejos, que a comienzos de este siglo un grupo de extranjeros trabajó un proyecto destinado a crear una ciudad moderna con edificaciones y otros elementos parecidos a las grandes metrópolis europeas y que Martillo hermosamente recupera para nuestro conocimiento en esa bella crónica titulada "La new Guayaquil de 1906"? Pero si hay una crónica que constituye una verdadera radiografía de esa premodernidad es, sin lugar a dudas, aquella que se refleja en las principales novelas urbanas de los escritores que formaron parte del "Grupo de Guayaquil". Allí, en esa apretada síntesis está el puerto de los años veinte con sus nuevas edificaciones, con sus calles recién pavimentadas, con los servicios básicos que comienzan a instalarse en una ciudad que demandaba progreso, pero que también era sinónimo de creciente pobreza. El cacao y los "gran cacao" solo habían generado la miseria y la marginación de miles de campesinos. También está el Guayaquil del muchin, de la tortilla de verde, de la carne en palito, que se cocinan en este trópico embrujado que son sus calles, principalmente aquellas que nacen o mueren en las faldas de los cerros del Carmen o "Santana", que es así como se lo conoce. Allí está el pavimento ardiente, el ambiente caluroso descrito con excesivo realismo en las páginas de La Baldomera de Alfredo Pareja Diezcanseco o Las cruces sobre el agua de Joaquín Gallegos Lara.

Por otra parte, nuestro contador de historias, es el atento observador de una realidad que los fines de semana y días festivos caotiza las principales arterias de nuestra ciudad, con su pelota de trapo y los gritos destemplados cargados de voces y gestos machistas: el indorfútbol; Martillo rescata una tradición que ha sido imposible de desarraigar en una ciudad poblada de fantasmas y de autoridades civiles y policiales que con sus acciones represivas quería eliminar esta sana práctica deportiva. ¿No es acaso Guayaquil un "pueblo chico e infierno grande"?

En el tercer grupo de crónicas Martillo Monserrate se instala en lo que mejor conoce y recrea: los mitos populares representados en la beata Narcisa de Jesús (de la que él dice ser descendiente), en el astrónomo Eloy Ortega (nuestro Einstein del trópico) y en aquel que más renombre ha tenido y tiene: Julio Jaramillo, JJ... Jorge se adentra en el conocimiento de una realidad "subterránea" o "sumergida" (palabras del chileno Nelson Osorio y del ecuatoriano Miguel Donoso Pareja, referidas a la literatura de vanguardia latinoamericana), que nosotros aquí usamos como sinónimo de realidad marginal y desconocida, que la cultura oficial se ha encargado de eliminar de la memoria colectiva, por tratarse de personajes nacidos de la entraña popular.

En estos personajes el mito parece encarnarse en una sociedad guayaquileña, costeña, ecuatoriana, sedienta de espacios que le permitan afirmarse en un mundo carente de valores y personajes, donde estos vendrían a ocupar el papel de mitos revividos y sustanciados en la misma memoria colectiva de un pueblo que no los deja morir por ser parte de ellos mismos. Martillo no hace más que recordárnoslo.

En "Amatorias" y "Ámbitos y habitantes", Martillo deja volar su imaginación y pone en presente muchos lugares de nuestra ciudad que son parte de la vida y de las cotidianidades. En estas crónicas conviven el amor, la muerte, la calle Panamá con su olor a cacao, o aquella crónica con nombre garcíamarquino titulada "La casa que navega en el asfalto", para luego llevarnos de la mano por aquellos lugares guayaquileños donde el rico olor de la comida popular es también memoria colectiva e intentos de aprehender el mágico presente gastronómico.

El cronista no olvida contarnos cómo se formó el cementerio de los extranjeros y el de los católicos, así como una tarde hípica, al igual que nos describe esos crueles instantes de una pelea de gallos, en un ambiente rodeado de espuelas, sangre, gritos y apuestas. El retratista de almas y lugares describe también los barrios y vecindarios donde transcurren las vidas cargadas de tristezas, sexo, alcohol y pobreza. Microcosmos que se revelan en toda su miseria humana en las cachinerías guayaquileñas (6 de Marzo, Pío Montúfar, Quito, Colón, Alcedo, Ayacucho, Manabí) donde el dolor y la miseria mezclan un libro de poemas con zapatos sucios y pestilentes, con una muñeca de trapo y sin brazos, así como pernos y llantas usadas. Es como si Martillo quisiera decirnos que en la descripción de estas realidades se cruzan lo trágico y lo mágico o para decirlo en sus palabras: "la vida de Guayaquil está en las calles". El señalamiento del crítico manabita Humberto Robles me viene "como anillo al dedo": "Jorge Martillo Monserrate realiza un ‘paseo’ descriptivo a lo largo de 24 horas en el trajín y trajinar del Guayaquil actual. El cronista selecciona lo suyo. Martillo organiza su experiencia por medio de imágenes que no pueden abarcar la ciudad. Impone tiempos y espacios en un ámbito sonámbulo, sin otro centro que su propia subjetividad".6

Los últimos tres capítulos son tal vez, para mi gusto (el gusto no forma parte de la crítica), los momentos más intensos de una escritura que penetra en los intersticios de una realidad cargada de miseria (pobreza crítica es el eufemismo que emplean los economistas), que el cronista devela con un fino bisturí no exento de rabia, que es difícil percibir en un hombre que no se enoja casi nunca. Estos textos tiene la característica de revelarnos a un conocedor de sicologías, como se comprueba en crónicas como "Los mensajes radiales suenan a banda de pueblo" y "Los apocalípticos del parque", verdaderos retratos de parias sin rumbo (Zamora el predicador, y Clarita la cantante, ambos sumergidos en la locura). Para concluir, Martillo nos lleva de la mano por las noches bohemias de aquellos lugares emblemáticos (El Rincón de los Artistas, solo para citar el más conocido) que constituyen los momentos de encuentros —y desencuentros— de las noches guayaquileñas, donde la salsa y el pasillo son el punto de llegada —la partida nunca se sabe— de nuevas realidades que tienen su explicación en las calles y en los lugares más inverosímiles de una ciudad donde transcurren sus crónicas.

Los textos de este "sujeto viajero", sorprenden por la lucidez de sus descripciones, por el lenguaje poético lleno de referentes citadinos, por la profundización y observación de los imaginarios urbanos, por el rescate de los mitos populares, por la tensión que otorgan aquellos personajes que los medios de comunicación escritos y visuales ignoran. Martillo es el poeta que elabora sus crónicas sobre la base de una sensibilidad y un compromiso ético que otros colegas suyos parecen olvidar. Es también el cronista que se apropia del "pretérito presente" para darnos las más bellas expresiones de una prosa que apuntan a una postmodernidad, a la que él quisiera transmitir océanos de ternura y solidaridad.7

Guayaquil, agosto de 1999

Carlos Calderón Chico

Notas:

1. Revisemos su bibliografía lírica: Aviso de navegantes (1987), Fragmentarium (1992, 1999), Confesionarium (1996) y Vida póstuma (1998).

2. Véase el reciente libro de Michael Handelsman: Lo afro y la plurinacionalida: El caso ecuatoriano vista desde su literatura, University Mississippi, 1999, Cap. IV: "Lo afro, la Costa y la plurinacionalidad del Ecuador: un tríptico visto a partir de Viajando por pueblos costeños de Jorge Martillo".

3. Alicia Ortega, La ciudad y sus bibliotecas, el grafiti quiteño y la crónica costeña, Quito, Universidad Andina Simón Bolívar - CEN, 1999. Serie Magister, Vol. 2, p. 78.

4. Fernando ltúrburu, "Para quienes leen a Jorge Martillo", en Cuadernos del Guayas, Casa de la Cultura, Núcleo del Guayas, Guayaquil, 1994. No. 57, p. 219.

5. José Antonio Gómez y Guillermo Arosemena, Guayaquil y el río, una relación secular, 1844-1871, Guayaquil, Archivo Histórico del Guayas, 1998.

Colección Guayaquil y el río, Vol. 3. Véase da Pfeiffer: "Mi segundo viaje a través del mundo-1854", pp. 139 y ss.

6. Humberto Robles, "Imagen e idea de Guayaquil: El pantano y el Jardín (1537-1997)", Revista Caravelle, Toulouse, 1977, No. 69. p. 63.

7. Véase: Carlos Calderón Chico, entrevista a Jorge Martillo, publicada en Revista Semana de Diario Expreso: "Soy un hombre de extremos, creo que hay que vivir con pasión", Guayaquil, noviembre 3 de 1991. También el texto inédito de Fernando Itúrburu: "Jorge Martillo, El último de los románticos: Entre el ‘flaneur’ y ‘el ángel del mal’".

Obras

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Crítica

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Introducción a Confesionarium

Por Edwin Madrid

Confesionarium es la segunda entrega de una saga que Jorge Martillo Moserrate (Guayaquil 1957), iniciara con Fragmetarium (Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Polit 1991).

Confesionarium es un "corpus" que está dividido en seis partes: I Confesionarium, II Anotaciones, III Corazones tatuados, IV Itinerario de sueños, V Extravíos y VI Plegarias.

Se trata de una voz melancólica, atormentada por su propia conciencia, que da cuenta, a manera de una confesión, de su tormento que tan solo el amor lo pudo haber redimido.

Las imágenes con las que se va construyendo el discurso poético son sacadas de pesadillas. Allí, los ángeles, mujeres y hombres, son seres fantasmales que agobian al confesor que pide el sosiego de las sombras porque duda, incluso, de la propia palabra que rememora actos y sueños atroces que mantuvo en otros tirmpos, y que son increpados a Dios, pero "Dios es ruin" y no atiende las plegarias de este hombre caido en la demencia.

El lector debe saber que el poeta ha construido un libro donde los vicios y torpezas son disimulados con el sonido dulce y bien articulado del verso, tal que los oidos lo reciben con mejor gana, y de ellos pasan al animo embargando el alma y destruyendo el buen sentido, corrompiendolo todo muchas veces sin que el mismo que es corrompido lo sienta.



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